LLEGADA A LOMBOK

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Pescadores en el mar de Gili, entre Lombok y Gili Air (Lombok, Indonesia).

Tras un breve trayecto de menos de media hora en avión hemos llegado a aeropuerto de Praya, en la isla de Lombok. Se trata de la isla con más influencia musulmana que hemos visitado. El conductor del coche que nos lleva hacia el puerto de Bangsal dice que hay más de mil mezquitas. Las hay de varios colores. Cada una con un número diferente de cúpulas. Aunque el tono predominante es el blanco para la estructura convexa, y azul para las torres.

Sobrevolando las proximidades del aeropuerto de Praya se atisban unas cuantas elevaciones montañosas sobre un manto de terreno cultivado. Pedazos de tierra enmoquetada del omnipresente color verde y unos jovencísimos árboles delgados y altísimos, delimitando las lindes. Se cultiva sobretodo arroz, pero también verduras y árboles frutales. Sorprende comprobar la escasez de vegetación. Parece una isla mucho más árida y falta de exuberancia selvática de lo que habíamos imaginado.

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Un «dokar» tirado por un caballo va cargado de tanques de oxígeno a su paso por nuestra escuela de buceo, Manta Dive, en Gili Air (Lombok, Indonesia)

En cuanto a las ciudades que dejamos atrás, -de camino a nuestro próximo destino, la isla Gili Air (Islas Gili)-, parecen más estructuradas y ordenadas. Las carreteras son más anchas de lo normal y están bien asfaltadas. Predomina la tracción animal como medio tradicional de transporte. Caballos menudos tiran de pequeños carros a dos ruedas revestidas de neumático viejo de coche. Sobre la base va atornillado un asiento con espacio para varias personas con una especie de techo metálico. Son los llamados “dokar”. Hemos visto que se utilizan para el transporte de personas pero también para todo tipo de cosas. Por ejemplo, en el mismo carro compartían asiento el conductor, tres cabras y lo que presumo que era el propietario.

El “dokar”, este idiosincrásico medio de transporte comparte el protagonismo sobre el asfalto de la carretera con enjambres de motocicletas rabiosas que conducen en todas direcciones. Algunas llevan adosadas en la parte posterior y sobre el guardabarros jaulas revestidas de cuero llamadas “spedas”. Se utilizan sobre todo para el transporte de aves, como gallos y gallinas. Se pueden ver también bicicletas adaptadas con “spedas”. En uno de los mercados tradicionales que hemos sobrepasado, aguardaban decenas de “dokars” en formación, a la espera de personas cargadas de comida dispuestas a subir.

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Una mujer cuida a sus vacas en una finca en la isla Gili Air (Lombok, Indonesia).

La conducción en Lombok, como en el resto de Indonesia es una mezcla entre la anarquía y la complicidad común para facilitar el tráfico. Todavía estoy por ver a algún conductor, taxi, o motociclista, que utilice el intermitente para señalar qué es lo que va a hacer. En Indonesia, la función del intermitente la cumple a “la perfección” y de facto el claxon. Que un conductor quiere avisar a una motocicleta que tiene intención de adelantarla: pitido. Que una scooter va ocupando todo un carril: pitido. Que un coche está obstaculizando el paso: pitido. Todo se soluciona con pitidos, y no es que conlleven un significado de desaprobación. Aquí  todo el mundo pita y no se preocupa de mirar a la cara al otro conductor. Se da por entendido el mensaje y se continúa, como digo, facilitando el camino.

Infracciones al volante, las que se quiera. Desde que un coche  pare de forma abrupta e inesperada en medio de una curva en plena ascensión. Pasando por cambiar de sentido obstaculizando los dos sentidos de la marcha. Continuando por ir en contra dirección, sobre todo las motocicletas. Acabando por adelantar a escasos centímetros del brazo o de la pierna de un motorista o de un viandante. Hay que sumar a todo esto que las líneas discontinuas no existen por lo que la línea continua da carta blanca para que el conductor adelante cuando tenga a bien. Por cierto, además se conduce por la izquierda. Aviso a pretendientes a conductores en Indonesia.

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Atardecer en Gili Air (Lombok, Indonesia).

El camino se prometía ajeno a la exuberante vegetación tropical a la que Indonesia nos tenía acostumbrados hasta que la carretara empezó a discurrir entre las montañas y elevaciones de Gunung Sabiris. Allí la selva tropical de altura sólo quedaba eclipsada por los centenares de monos de cara blanca que merodeaban en las cunetas. Algunos desafiantes intentaban acceder al coche, otros, más parsimoniosos, permanecían sentados, entretenidos con cualquier cosa. Y al otro lado de las de las montañas, por fin el mar que nos conduciría a las Islas Gili.

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