LAS PUERTAS DEL PARAÍSO

 

Los araders son los artesanos que fabrican las típicas barreras menorquinas

Las barreras son las puertas de entrada a calas de aguas turquesas más conocidas de la isla.

Tan solo quedan seis talleres en la Isla y en 20 años más de la mitad estarán jubilados

Barrera Platja Tortuga

Barrera menorquina en el acceso a Cala Tortuga, en el Parque Natural de s’Albufera des Grau, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Por Diego Sánchez

Para muchos amantes de la piel tostada por el sol con sabor a sal y de las calas perdidas al abrigo de pinos carrascos, encinas y sabinas, que se funden con el Mediterráneo de aguas transparentes, las barreras menorquinas son las puertas que hay que atravesar antes de llegar a su particular paraíso. Las tradicionales están hechas de ullastre, -acebuche-, de madera del olivo silvestre, muy extendido en Menorca. Las barreras guardan impertérritas los últimos metros que separan la tan ansiada orilla, de la única vía de acceso: el resurgido Camí de Cavalls (camino de circunvalación de la isla utilizado desde el siglo XIV para vigilar y defender las costas), que desde 2010 ha sido recuperado como ruta para senderistas. Aunque también pueden verse salpicar armoniosamente el paisaje menorquín, como cierre de fincas agrícolas, o como broche rústico a las famosas paredes secas, lindes hechas de piedra que separan los campos.

Cala Els Alocs

Cala Els Alocs, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Arader, un oficio que se pierde en el tiempo

“Yo siempre digo que la pared seca con las barreras, es un poco la imagen de Menorca”, asegura Miquel Gomila, uno de los últimos araders que quedan en la isla. Él es hijo, nieto y bisnieto de arader, aunque a su hijo no lo vea siguiendo la tradición familiar. A todos los varones de la familia les pusieron Miquel de nombre, para mantener la saga. Desde su taller, -en la céntrica localidad de casas blancas y ventanales verdes de Es Mercadal-, repleto de serrín, de barreras apoyadas unas sobre otras y de ramas de ullastre cuidadosamente seleccionadas, este ebanista explica el origen de la palabra que da nombre a su oficio. “Viene de la arada, de cuando los antiguos artesanos las hacían de madera para labrar y sembrar los campos”, responde. También eran los encargados de fabricar o reparar cualquier utensilio que necesitara el pagés (agricultor), como azadas, yugos para bueyes, carros y también barreras para mantener vacas y cerdos a buen recaudo.

Miquel padre e hijo barrera

El arader Miquel Gomila y su padre, el maestro artesano honorífico, Miquel Gomila en su taller de Es Mercadal, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Enzarzado con una barra de madera, el padre de Miquel, -quien a pesar de sus de 89 años, jubilado y con el título de maestro artesano honorífico concedido por el Gobierno Balear, viene cada día a echar una mano-, recuerda como se trabajaba en su época. “No teníamos ninguna máquina, todo lo hacíamos a mano, con hachas, barrenas y sierras. Entonces no teníamos taller, iba con mi padre al terreno del pagés y allí trabajábamos quizá una semana entera, pasábamos mucha pena”. De aquella época tan solo quedan una arada de madera y otros utensilios de antaño colgados en la pared, como si fueran piezas de museo, reminiscencias de un pasado duro pero añorado.

Ullastre de luna vieja de agosto

El secreto para hacer una buena barrera es la madera. “Hay que talar el ullastre en luna vieja (menguante) de agosto, y dejarla reposar al menos un verano al sol”, repone Miquel hijo. Los aceites propios del olivo silvestre hacen que su leña sea muy resistente a la Tramuntana. Una barrera bien puede durar entre 25 y 30 años. El sol va quemando con parsimonia el ullastre y da a la barrera esa tonalidad gris como de las piedras tan característica. Aunque al final todo depende de la buena mano del artesano. A las dos barras verticales que hacen las veces de marco se las llama batedors. Las que se instalan en horizontal, -ocho en total-, varían de forma según van del suelo hacia arriba. Más juntas y rectas las inferiores, para evitar que algún animal pudiera escaparse, y más separadas y “abombadas” las superiores, para otorgarles carácter propio. “Yo siempre digo que en la parte de arriba hay un trozo de Tramuntana, la forma que le da el viento a la rama, la parte más voltada es la de arriba”, resume Miquel hijo, con la experiencia que le dan unas manos llenas de callos.

Barrera seleccion articulo

Barrera menorquina y madera de ullastre (acebuche), en el taller del arader Miquel Gomila, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

De batedors, tirants, pestalleres y arnelles

Aquí no hay trampa ni cartón. No se utiliza cola de carpintero. Todas las barras se ajustan en los agujeros a base de tesón y martillazos. La guinda es la barra que se superpone en la parte frontal de la barrera con un remache y que se coloca en diagonal, llamada tirant. Y luego, como todo en la vida, hay variaciones que las hacen únicas. Las hay individuales, como la que da acceso a la solitaria y pedregosa cala de Els Alocs, en el norte. Ahí la barrera queda sujeta a dos columnas hechas de bloques de piedra amarillenta procedentes de la cantera de s’Hostal, justo al final de un camino polvoriento, flanqueado a lado y lado, por flores de romero, torvisco, labiérnagos, brezo, sabinas y encinas.

Barrera amb martell

Una barrera menorquina en construcción, en el taller del arader Miquel Gomila, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Las individuales acostumbran a llevar una pestallera un ingenio también de madera que hace las veces de cerrojo automático. Estas acarrean un día entero de trabajo. Y también las hay dobles, -o jocs, en el argot del artesano-, de una longitud de casi cuatro metros, unidas sus dos partes por una pieza metálica llamada arnella. Hacerlas no baja de las 15 horas de trabajo. Hay una barrera doble que custodia el paso al mágico Faro de Favàritx, -el primero del los siete que hay en Menorca construido con hormigón, con una torre de 33 metros de altura-, después de un paseo rocoso, casi lunar, si no fuera por el típico socarrell gros, arbusto endémico de un intenso color verde que contrasta con el tono rojizo de la típica tierra arcillosa del norte.

Barrera Faro Favaritx

Barrera menorquina en el acceso al Faro de Favàritx, en el Parque Natural de s’Albufera des Grau, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Las barreras menorquinas se han convertido en todo un símbolo de la isla, con permiso de las omnipresentes avarcas (calzado tradicional). La pintora y restauradora menorquina Magda Triay, -premio de artesanía de Menorca 2019-, las ha retratado como nadie. “Es como un amuleto de protección, da igual si están abiertas o cerradas, siempre que haya una barrera significa que el campo de Menorca está cuidado”, resume. Bajo la luz tintineante de las bombillas de su puesto en el tradicional mercat de nit de los jueves, en Es Mercadal, Magda enseña a los turistas su acuarela estrella. Se ve un camino frondoso, con encinas y ullastres. Todo un juego de luces y sombras, y en el centro, la barrera de Son Vidal de Granada, camino hacia Es Migjorn Gran, en el sur de la isla. “A los turistas les gusta mucho, y a los menorquines también porque amamos nuestra cultura y raíces. Las barreras son un bocinet, -trocito-, de la Menorca rural, de la auténtica”, recuerda Triay.

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La pintora y restauradora menorquina Magda Triay con una barrera menorquina pintada en acuarela. DIEGO SÁNCHEZ

Barreras menorquinas nevadas

El paso del tiempo, la mecanización de las labores del campo y la industrialización de mediados del siglo XX obligaron a estos artesanos a reconvertirse para sobrevivir. Hoy en día ya no es necesario reparar herramientas de madera y los araders se dedican casi exclusivamente a fabricar barreras por encargo. El Consejo Insular subvenciona de forma indirecta la instalación de este emblema menorquín promocionando la conservación de las paredes secas con su tradicional portell y recuperando el Camí de Cavalls, con sus correspondientes barreras. “Las barreras del Camí de Cavalls nos las repartimos entre dos araders, estoy muy orgulloso de ellas”, asegura Gomila hijo, con satisfacción sincera. El turismo, es la otra gran fuente de ingresos. “Prácticamente vivo del turismo, ahora estoy haciendo una barrera porque una señora la quiere colgar de una pared como un cuadro, hace poco envié otra para Alemania como cabezal, otro encargo se fue a Suecia. En el Pirineo tenemos muchas, los clientes nos envías fotos con las barreras nevadas, y digo mira, eso es algo que nunca veremos en Menorca”, apunta con una pizca de ingenua inocencia.

Barrera Cala Els Alocs

Barrera menorquina en el acceso a Cala Els Alocs, en la cosa norte de Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Los últimos araders de la isla

Trabajo no falta, asegura Miquel que tiene faena para un año vista. Lo que escasea es la vocación. Su padre, el patriarca de la familia recuerda con un poso de amargura como el oficio ha ido en caída libre. “En mi época había ocho araders solo en Es Mercadal, hoy quedan cuatro en toda la isla”. Según el último informe del Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de Menorca (IPCIME) de mayo de este año, en la actualidad quedan seis talleres de araders para una población de 90.000 habitantes.

Barrera atardecer faro Cavalleria

Barrera menorquina y pared seca, durante el sol del ocaso, en el Far de Cavallería, Menorca. DIEGO SÁNCHEZ

Si atendemos a los datos oficiales, el futuro de este oficio milenario, -y digo bien porque fueron los romanos los que trajeron la arada a la isla-, no es demasiado halagüeño. Según el IPCIME, en 15 o 20 años la mitad de los araders como Miquel (59 años) se jubilarán, y solo dos artesanos tienen menos de 50 años en la actualidad. “Tengo una hija que es doctora y un hijo que está estudiando relaciones internacionales. Les gusta el oficio, serían la cuarta generación, pero no los veo trabajando en esto”, asume Miquel con la resignación del que sabe que es inútil ir en contra del signo de los tiempos. Aunque no evita guardarse para si un ápice de esperanza. Piensa, ¿quién sabe?, el mundo da muchas vueltas, tantas vueltas como da la Tramuntana que sopla del norte.

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