La ensoñación revisionista frente al McWorld y el sistema de alianzas

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Los escenarios posteriores al final de la Guerra Fría y el proceso de globalización dejan verdaderos interrogantes sobre el devenir del sistema internacional integrado por los estados, pero en el que además influyen, y de qué manera, instituciones supranacionales, empresas multinacionales y presiones regionales. Con la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la antigua URSS y el desmoronamiento del Pacto de Varsovia, el mundo pasó de la bipolaridad entre capitalismo y comunismo, a una hegemonía unipolar capitaneada por los EEUU como potencia abanderada. La profundización y penetración de la economía de mercado, los procesos globalizadores, y los movimientos contrarios a la mundialización, han influenciado en el sistema internacional en grados diferentes, según las teorías e hipótesis de varios estudiosos en la materia. Veamos de qué manera sus alegatos se contradicen, se complementan, se refuerzan o se refutan.

 

Tomemos como idea de partida el final de la Guerra Fría, y el inicio del fin de los conflictos militares por la posesión de territorios, o cómo Francis Fukuyama tuvo a bien en llamar “el final de la historia”. (Mead, 2014:5) Para muchos, el colapso de la URSS llevaba implícito el fin de la guerra ideológica, y de paso el final de los conflictos geopolíticos. Parecía evidente que, desde ese mismo momento, el comunismo había quedado vencido y que los estados deberían adoptar los principios del capitalismo liberal para caminar hacia la senda de la paz y la prosperidad. Se abría un periodo en el que EEUU y la UE preferían centrarse más en cuestiones de cambio del orden mundial y de gobernanza global, que en cuestiones geopolíticas y de poder militar. Algunas de ellas consideradas preocupaciones globales, definidas nítidamente en la cumbre mundial de Naciones Unidas de 2005: desarrollo mundial, preocupación por el medio ambiente, control de la proliferación de armamento nuclear, defensa de los valores democráticos y de los derechos humanos, la lucha contra el terrorismo internacional, la liberalización del comercio, etc.

 

Pero frente a esta visión, que podríamos llamar, “superadora de conflictos geoestratégicos”, Russell Mead invoca al fantasma de las rivalidades geopolíticas y eleva a Rusia, China e Irán, como estandartes del revisionismo revanchista más recalcitrante. Mead entiende que la anterior visión es errónea y que es fruto de una malinterpretación de lo que significó la caída de la URSS. Para él, el desmantelamiento del poder soviético supuso el triunfo ideológico de la democracia capitalista liberal sobre el comunismo, pero no el fin del poder duro tradicional. Así pues, Mead alerta sobre estos tres poderes revisionistas que han ganado terreno sobre el estatus quo, y que, al mismo tiempo, están retrocediendo contra el acuerdo político de la Guerra Fría. Cada uno presiona de diferente manera. Mientras que Rusia quiere anexionarse la mayor cantidad posible de terreno perteneciente a la extinta URSS, China quiere un papel preponderante en los asuntos globales, e Irán quiere reemplazar el orden actual de influencia en Oriente Medio, liderado hasta ahora por Arabia Saudí.

 

En este punto resulta inevitable observar como la teoría de Mead entronca directamente con la hipótesis de los estados centrales y el orden civilizatorio de Samuel P. Huntington. Ésta propone que, una vez finalizada la Guerra Fría, las dos potencias anteriormente en liza (EEUU y la URSS) han sido sustituidas por los “estados centrales de las grandes civilizaciones”, como principales polos de atracción. Durante la Guerra Fría, varias civilizaciones estaban dentro de un agrupamiento amplio de países pluricivilizatorios y todos compartían el objetivo de impedir una mayor expansión de la URSS. (Huntington, 1993:23) Una vez terminada, estos agrupamientos en los que convergían culturas diversas y múltiples civilizaciones, se fragmentaron. Si aceptamos que EEUU y la OTAN son los baluartes de la cristiandad, parece lógico establecer que Rusia puje por convertirse en el estado central de la ortodoxia, y el gigante asiático por ser el poder central de la civilización china. El caso del Islam es harina de otro costal debido a que no tiene un estado central reconocido, en base a su estructura de lealtades tribales y religiosas. Pero, aún así, debemos contemplar a Irán como posible pretendiente a ser estado central del Islam, siempre, con el permiso de Turquía.

 

Cada estado central civilizatorio ejerce influencia de poder y atrae hacia sí a otros estados (principalmente de culturas similares) y otras regiones de forma concéntrica, estableciendo círculos de influencia de más a menos intensidad. Podemos establecer paralelismos entre las tres potencias que han vuelto a despertar las rivalidades geoestratégicas, Rusia, China e Irán, -como argumentaba Mead-, con la teoría de los estados centrales de Huntington, pero al mismo tiempo, con la división del sistema internacional entre “la Jihad” y el “MacWorld”, que establece Benjamin R. Barber. No es descabellado situar tanto a los poderes revisionistas de Mead, como a los estados centrales de Huntington en el ámbito de la Jihad, como respuesta y rechazo a la homogenización a la que obliga la globalización, o McWorld.

 

Barber sostiene que el proceso de globalización terminará por colapsar al proceso de tribalización o Jihad, aún así, podríamos estar ante los últimos coletazos de sus efectos como muestra de su rechazo a la mundialización. Ambas posturas, “la Jihad” como “el McWorld” son consideradas peligrosas para la democracia. (Barber, 1992) La primera pretende crear antiguas fronteras subnacionales, y étnicas desde dentro, la otra hace que las fronteras nacionales sean porosas desde fuera. La globalización de la política (McWorld) exige varios requisitos o imperativos: del mercado, de los recursos, de la tecnología y de la conciencia de la ecología. Barber sostiene que el mercado socaba la autoridad de los estados en tanto que todas las economías nacionales ahora son más vulnerables que nunca a la penetración de mercados trasnacionales. La economía de mercado está erosionando la soberanía nacional obligando a los estados a ceder poder en entidades supranacionales.

 

Éste último punto es el que exactamente destaca Susan Strange en su teoría sobre los “estados defectuosos”. A pesar de que son los estados los que gozan de ser las mayores fuentes de autoridad y de influencia en el sistema internacional, al mismo tiempo, su soberanía disminuye cada vez más en cuestiones relacionadas con las transacciones económicas a través de sus fronteras. La naturaleza del motivo por que cuál los estados compiten en el sistema internacional ha cambiado, ya no se trata de competir por el control sobre el territorio, sino por ser protagonistas en la economía mundial. Esta afirmación que hace Strange, rebatiría el miedo al revisionismo de Mead y, en cierta manera también, al surgimiento de los estados centrales de Huntington. Strange se aventura en decir que ahora, las políticas industriales y comerciales son más importantes incluso que las políticas de defensa y de exteriores. Los países prefieren las alianzas comerciales a las militares, asegura.

 

Debido a ese cambio en la competición que hacen los estados dentro del sistema internacional, Strange coincide con Barber en que en el momento en el que los países en vías de desarrollo ofrecen grandes beneficios fiscales a la inversión y empresas extranjeras para que se asienten en su territorio, éstos pierden autoridad, en aspectos tan importantes como, los impuestos y en regulación de los mercados. Es decir, la globalización, la economía de mercado y el McWorld exigen cesión de soberanía, por lo tanto, una regresión democrática. Inevitablemente, de ese cambio, emergen las asimetrías de autoridad, puesto que para Strange, EEUU ejerce un papel estructural sobre el resto de países, mercados y empresas multinacionales. (Strange, 1995:63) También parte de la autoridad nacional migra hacia entidades intergubernamentales como (FMI, BM, etc.) Aún así, tanto Strange como Barber coinciden en destacar un efecto positivo del “mercado”, ya que éste promueve la no aparición de guerra entre los países más ricos, porque pueden destruir su riqueza.

 

Volviendo sobre la división que Barber hace entre “McWorld” y “Jihad”, no sería despreciable apreciar la siguiente comparación: “Jihad” y un Islam con conciencia pero sin cohesión. Por un lado la “Jihad” representa a aquellas personas que habitan naciones que no son suyas propias, el nacionalismo que a menudo se presenta como una fuerza reaccionaria, divisiva, que pulveriza las mismas naciones que una vez ayudó a consolidar. Su objetivo es trazar nuevos límites, implosionar a los Estados y restablecer las identidades “parroquiales”, dice Barber, para escapar de los imperativos insistentes del McWorld. Por el otro, el islam cuenta con el tribalismo y la religión como elementos clave de sus lealtades. Si para Occidente, el Estado es el súmmum de las lealtades, para el mundo islámico, la lealtad es para la tribu, el clan, y la familia, no para el Estado. La lengua, las tradiciones pero sobre todo la religión han sido las fuerzas más poderosas para la cohesión. Pero, como quiera que los estados-nación musulmanes carecen de legitimidad, debido a que son herederos de una definición de fronteras arbitraria por parte de la Europa colonial, la civilización islámica, no cuenta con un estado central. Esto, señala Huntington, representa un factor crucial y desestabilizador a nivel interno (hay conciencia pero no cohesión), y a nivel externo: terrorismo internacional.

 

Volviendo a la premisa de Mead, el supuesto regreso de la rivalidades geopolíticas de la mano de Rusia, China e Irán, deberían hacer enrojecer a los EEUU y a sus esfuerzos por convertir el mundo en “post-histórico”. Con la caída del Muro de Berlín el objetivo de las diferentes administraciones norteamericanas ha sido promover el beneficio mutuo (el win-win), pero el regreso de los conflictos de poder por el territorio (por ejemplo la escalada retórica entre Japón y China, o la invasión de Rusia sobre Ucrania) arrojan, según Mead, un advenimiento del beneficio de suma cero (es decir, vencedores y subyugados). Precisamente para Russell Mead, la ocupación rusa sobre Ucrania, es tan sólo el último de una serie de pasos que han convertido a Europa oriental en una zona de fuerte conflicto geopolítico, donde además, –asegura el teórico-, se ha demostrado que la gobernanza democrática es imposible fuera de dos excepciones: los estados bálticos y Polonia.

 

Este es el punto clave en el difieren Mead, de su antagonista teórico, John Ikenberry (defensor del poder hegemónico de EEUU y de los procesos democratizadores a escala mundial). Para empezar, hay que decir que éste último refuta la hipótesis sobre el regreso de la geopolítica y el mantenimiento de “la historia”, esgrimiendo que Mead hace una lectura errónea del carácter del orden del mundial existente, el cuál, por otra parte es mucho más estable y expansivo. Para el caso ruso, las victorias del presidente Putin en Crimea y Ucrania, no son más que un reflejo de su vulnerabilidad geopolítica, no de su fuerza. Ikenberry defiende la hegemonía de los EEUU junto con el triunfo de la democracia en gran cantidad de países, incluso en aquellos que rodean a Rusia, China e Irán. Además, este teórico critica a los tres anteriores países “supuestamente revisionistas” aduciendo que cuando se trata de sus intereses primordiales, los tres (aunque sobre todo China y Rusia) aparecen bien integrados en la economía mundial y sus instituciones de gobernanza.

 

Si con Mead, los EEUU debían de temer un mundo nuevamente disputado a nivel geopolítico, para Ikenberry, el poder estadounidense no tiene contestación posible puesto que desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha ido cultivando las herramientas de liderazgo planetario. Estas son: alianzas, asociaciones, multilateralismo, democracia, etc. El programa de Washington para el mundo post-IIGM continúa intacto: difusión de los principios liberales, política de puertas abiertas y principio de autodeterminación y colonialismo opuesto. EEUU cuenta con riquezas y tecnología suficientes como para permanecer fuera del alcance de sus posibles rivales. Además cuenta con alianzas militares establecidas en 60 países, mientras que Rusia tiene el apoyo de ocho aliados formales y China cuenta con el “respaldo” de Corea del Norte. (Ikenberry, 2014:3) También, la capacidad nuclear blinda doblemente a los estadounidenses: primero por la lógica de seguridad mutua, y segundo, por el poder de disuasión, hecho que hace que tanto Rusia como China, al tener armamento nuclear, no se vean abocados a actuaciones desesperadas.

 

Si los atractivos de Washington parecen seguir manteniendo sus encantos, la democracia y el orden liberal continúan siendo para Ikenberry imbatibles. Es más, discute a Mead que su visión sobre la supuesta disputa abierta por Euroasia entre EEUU, China, Irán y Rusia, no ha tenido en cuenta la creciente ascendencia de las democracias capitalistas liberales en todo el mundo, después de la segunda contienda. En el caso de Rusia, los estados satélites soviéticos se han vuelto democráticos y se han unido a Occidente, (Polonia y países bálticos forman parte de la OTAN). En lo que se refiere al gigante asiático, éste está rodeado de vecinos democráticos como: Indonesia, Mongolia, Tailandia, y especialmente Taiwán. A pesar de que Huntington, para el caso concreto taiwanés, sostiene que no le cabe duda que acabará formando parte de una China estructurada alrededor de Pekín,  -como polo de atracción-, Ikenberry rebate la idea argumentando la existencia de un auge nacionalista en Taiwán, -debido a la transición democrática producida en la isla-.

 

En el caso iraní, no se puede hablar de que se encuentre rodeado de democracias, pero sí del surgimiento de un movimiento democrático interno que podría desestabilizar el régimen presuntamente revisionista. A estas alturas, y ante tantas divergencias entre Ikenbery y Mead, quisiera destacar lo único en lo que coinciden ambos teóricos. Si toleramos la premisa de que Rusia y China reclaman el control geopolítico sobre su “vecindario”, deberíamos también tener en cuenta que debido a la difusión de la democracia en todos los rincones de Asia, la única forma de lograrlo es a través de “la antigua dominación” (costosas y autodestructiva), según Ikenberry, o lo que es lo mismo, el “poder duro”, sostenido por Mead.

 

Aún con alguna coincidencia, Ikenberry y Mead son totalmente opuestos. Es más, el primero no duda en cualificar a Irán, pero especialmente a Rusia y China, como revisionistas, podríamos llamar, “de medio pelo”. Esto sucede, según el autor, porque, independientemente de sus demandas y sus delirios imperialistas con para sus vecinos, no han dudado en abrazar el sistema geopolítico actual. China y Rusia se han integrado profundamente en la ONU con derecho a veto, participan activamente en la Organización Mundial del Comercio, en el FMI, en el BM, y en el G-20. También ambos han firmado los tratados de control del armamento nuclear. Es decir, que para muchos temas, Rusia y China actúan más como grandes poderes establecidos que como revisionistas. Así pues, sus luchas con EEUU no son por el poder geopolítico, sino por tener más voz y voto en el orden existente, con el objetivo de intentar mejorar sus posiciones, sin intención de reemplazarlo.

 

Como hemos visto, cinco autores para cinco visiones sobre los escenarios post Guerra Fría, que se contradicen en ocasiones, pero que no se anulan por completo, que se complementan o se refutan, pero que se toleran siempre dejando una puerta abierta a matices. Podemos asegurar que la unipolaridad después del final de la Guerra Fría ha dado paso a una mundialización impulsada en gran medida, por una potencia hegemónica como son los EEUU, acompañada por procesos de democratización a escala planetaria. Aunque, no es menos cierto que todo lo anterior entra en conflicto con las viejas ansias revisionistas de los poderes civilizatorios como Rusia, China e Irán, y con movimientos que ven en la globalización un peligro y un riesgo de deformación y difuminación de sus propias culturas (la Jihad).

 

Al mismo tiempo, los procesos globalizadores han conllevado la difusión de la economía liberal de mercado, y ello ha provocado un socavamiento en la autoridad y la soberanía de los estados en beneficio de entidades supranacionales. Hoy en día, sin dejar de lado a los posibles conflictos geopolíticos entre los estados centrales y sus vecindarios, son casi más importantes las alianzas comerciales que las militares. EEUU cuenta con la preeminencia de ambas, de momento, aunque China, debido a su gran potencial comercial basado en relaciones familiares y personales y una cultura común, está cada vez más amenazando a la que hasta hace pocos años, era la primera economía mundial sin discusión. Todo se mantiene en un fino equilibrio y en un delicado juego de poderes. No tanto poderes tradicionalmente considerados como “duros” (conflictos geopolíticos), sino más sutiles, aunque igualmente efectivos, basados en presiones comerciales, embargos, alianzas comerciales y militares. Si bien es cierto que Rusia y China, puedan tener el anhelo o la ensoñación de querer reescribir la historia, o al menos el futuro (a escala doméstica), su integración en un mundo globalizado (McWorld), no les permite ausentarse, ni por un segundo, de los grandes foros de la gobernanza global. De momento esa es la principal garantía que secunda un mundo alejado de los grandes conflictos geopolíticos.

 

Bibliografía referenciada:

 

Ikenbery, G. John, “The Illusion of Geopolitics: The Enduring Power of Liberal Order”, Foreing Affairs, 2014, Volumen 93; Issue 3; ISSN; 00157120

 

Mead, Walter Russell, “The Return of Geopolitics: The Revenge of the Revisionist Powers”, Foreing Affairs, 2014 Volumen 93; Issue 3; ISSN; 00157120

 

P. Huntington, Samuel, “The Clash of Civilizations?”, Foreign Affairs, Summer 1993; 72, 3, pp. 22-49.

 

R. Barber, Benjamin, “Jihad vs. McWorld”, The Atlantic, 1 March 1992, 9 p.

 

Strange, Susan, “The defective state”, Daedalus, Spring 1995, 2, p. 55-73

 

 

 

 

 

 

 

 

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