El secreto del cráter del Ngorongoro

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Cráter del Ngorongoro, Área de Conservación Ngorongoro, Tanzania.

A las cinco y media de la mañana una espesa niebla cubre totalmente las laderas del cráter del Ngorongoro.

Las tribus Masai de la zona lo llamaban Korongo, de ahí su nombre. Hace frío y los caminos casi son imperceptibles para los que vamos dentro del 4×4. A 610 metros de profundidad nos aguarda la séptima maravilla del mundo.

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Un grupo de leonas descansa en  el Área de Conservación Ngorongoro, Tanzania.

El entorno parece haberse transformado. Las ayer áridas, peladas y polvorientas tierras que atisbábamos a lado y lado del camino, ahora se nos antojaban extrañas, casi mágicas. Ascendemos hasta la cresta del Ngorongoro, a unos 2400 metros de altitud, el viento corta.

Al dejar atrás la puerta de acceso a la zona protegida del cráter del Ngorongoro nos adentramos en la caldera del volcán extinto, cuya erupción y expulsión de lava y ceniza deforestó para siempre la llanura del sur del Serengeti.

La niebla sigue reinando durante el descenso por la carretera de Seneto, aunque a medida que vamos bajando, la densa capa traslúcida queda por encima de nuestras cabezas. Los 4×4 van siguiendo el camino de tierra y piedras, que cuartea la sabana.

Ahí, entre la hierba seca y los arbustos desperdigados, aparece, casi como una imagen espectral, lo que las guías de viajes se afanan en destacar como una de las mayores concentraciones de animales del mundo.

Cerca de los surcos que ha dejado el paso intermitente de los vehículos, dos leones de “medio pelo” (todavía no peinaban melena completa) se entregaban al solaz de la mañana gris sin inmutarse.

Allá dos cachorros de león tumbados panza arriba despreocupados mientras su madre, a poca distancia, permanece con la cabeza erguida, atenta al olor que transporte cualquier ráfaga de viento, por leve que sea.

Más allá, a lo lejos, las manchas negras parecen legión. Son manadas de ñus pastando en grupo numeroso. A diferencia de sus parientes del Serengeti, estos no emigran al Masai Mara, evitando ser devorados por los cocodrilos. Aunque en el cráter tampoco se libran del peligro puesto que aquí reside la densidad más alta de leones del mundo.

Las gráciles gacelas de Grant no se ven en tan gran cantidad como en Serengeti o Masai Mara. A pesar de ello, estos esbeltos herbívoros no pierden la ocasión para mostrar al visitante su capacidad de correr y zigzaguear para despistar a sus depredadores, mientras juega con otro ejemplar, o cuando se zafan del paso de un vehículo.

Las rallas negras sobre blanco de las zebras desfilan al trote, unas tras de otras, mirando de un lado a otro del camino. Los temibles búfalos también andan a lo suyo cerca de la entrada al bosque de Lerai. Se trata de una minúscula mancha verde, en medio de un inmaculado lienzo marrón-amarillento.

El bosque, repleto de arbustos y árboles, es el escondite preferido para familias de mandriles, antílopes de agua, el pájaro cabeza de martillo, y un tipo de cigüeña local (el Saddle-billed Stork).

A la salida del bosque topamos con un extremo del lago Makati. De agua salada, parece una alfombra azul perla con ribetes rosas. La nota de color la otorgan decenas y decenas de flamencos que apostados cerca de la orilla, en formación militar, picotean el agua en busca de algo que llevarse a la boca.

La mañana avanza pero el cielo

no da tregua, el gris parece perenne en el techo de este cráter. Tampoco cesamos nosotros en la búsqueda del último de los “cinco grandes” animales: el rinoceronte. Albergamos la esperanza de completar el póker de los animales más famosos, mientras vemos en la charca como varios pares de ojos muy hundidos nos retan. Los hipopótamos matan a más personas en África, cada año, que cualquier otro animal salvaje.

De nuevo unos borrones oscuros se perfilan muy a lo lejos, al otro lado del bosque. Son una familia de elefantes que se mueven parsimoniosamente aunque sorpresivamente rápido. El balanceo de cadera, tan característico de la hiena se prodiga por medio del camino mientras paramos el motor del coche para fotografiarla.

Nuestro tiempo en el corazón del volcán, hace tiempo apaciguado, llega a su final. Solo los rangers o guardabosques saben donde sobrevivían, un día más, los pocos rinocerontes que quedan. No desvelan el secreto a conductores o guías. Quien se topa con semejante mole puede considerarse muy afortunado.

Ascendemos por la carretera de Lerai, despidiéndonos los las maravillosas vistas que ofrece la caldera, adentrándonos de nuevo en la niebla del Ngorongoro.

 

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