Un guerrero Masai puede matar un león pero su mujer le construye la casa

Fuera de la reserva de Masai Mara (Kenia), pero colindante, se encuentra la zona donde habitan los Masai. Pueblo pastor y nómada que se divide en diferentes “manyattas” o poblados, repartidos por todo el territorio. En cada una existe un jefe (persona habitualmente mayor) que resulta ser el padre o abuelo de todos los hombres y descendientes del asentamiento. Los hijos viven con sus mujeres y niños en diferentes cabañas.

Nuestro jeep aparcó a las afueras de la manyatta Selel. El patriarca era un tipo impresionante de 84 años, dos metros de estatura y cuerpo atlético. La dentadura, ya es otro asunto más peliagudo. Este vivía con sus seis mujeres, hijos y demás prole. Rodeando el coche, ya nos esperaba un grupo de guerreros Masai. Solo hombres, los varones y las mujeres no se mezclan, cantan, bailan, comen, y hacen sus quehaceres, cada sexo por separado.

La mayoría eran altos, esbeltos, más bien delgados e iban vestidos a la manera tradicional. Acostumbran a ir enfundados en una especie de túnica muy ajustada de color eminentemente rojo, cuya terminación se convierte en falda. En la parte de arriba, la tela (que puede ser lisa o a cuadros) se anuda por detrás del cuello, y deja al descubierto brazos y hombros.

Y como complementos más vistosos, varios collares hechos con diminutas cuentas de colores, dispuestos unos encima de otros, a varias alturas en el pecho. De la misma manera, también lucían pulseras, con vistosas cenefas, cerradas con alambres. Ceñidos al cinturón, una espada con el emblema “Bufalo Masai Mara” (muy parecido a un machete), y un pequeño bastón con cabeza redondeada acabado en punta. En una celebración, cuando un guerrero Masai empuña su bastón, empieza a hablar, mientras el resto del grupo atiende en respetuoso silencio.

El atuendo continúa con una manta, o “shuka”, fina de algodón (rojo, liso o de cuadros) en la que se envuelven cuando hace frío. Y para los pies, nada mejor que una sandalias con una suela hecha con un pedazo de neumático de motocicleta, unido con varias grapas a unas tiras de cuero, para ajustar al tobillo y empeine. En conjunto, vestimenta y complementos, resulta todo un espectáculo de colores vivos que ahuyentan a los animales salvajes de la sabana.

Las mujeres lucían los mismos collares y pulseras, puesto que son ellas las encargadas de hacerlos a mano, pero a diferencia de de los hombres, utilizaban vestidos largos, y los complementaban con grandes pañuelos estampados con todo tipo de motivos (animales, plantas, hojas, etc.). Dichos pañuelos son utilizados para cubrir cintura, piernas, espalda y tronco superior, para cuando baja la temperatura. En alguno de los casos, igual que algunos hombres, sus orejas presentan dilataciones y grandes agujeros, de los que cuelgan vistosos pendientes hechos también de cuentas de plástico.

Uno de los guerreros fue quien se apresuró en presentarse. Se llamaba William Selel. Tenía 22 años, dos hijos y 47 vacas. Él había ido a la escuela, y a diferencia de muchos que lo ha habían precedido, solo tenía una mujer. Los había, claro, que tenían tres, cinco, o incluso más. Para casarse, un hombre solo necesita dar siete vacas.

William hablaba muy bien inglés, y por supuesto, estaba muy acostumbrado a la visita de los turistas, al igual que el resto del poblado. “Bienvenidos a mi manyatta, pedimos una donación para la escuela”, así de directo fue nuestro cicerón. En ese momento aparecieron del interior del poblado, pero también de los alrededores, varias decenas de niños y niñas. Llevaban ropas muy raídas y sucias. Algunos iban descalzos y con mocos secos, entre la nariz y el labio superior. Sus caras reflejaban varios sentimientos que iban desde la admiración, sorpresa, alegría, hasta la melancolía.

Una vez hecha la donación (obligatoria y a precio fijo) estábamos listos para aprender todo lo que pudiéramos sobre los Masai. La visita contaba con varias fases. La primera fue la danza de bienvenida de los guerreros Masai. En su cultura, este baile es típico en celebraciones como la circuncisión de los adolescentes (a los 13 años) o cuando hay un matrimonio (entre los 16 y 18 años, para el varón). Varios de los hombres, colocados en línea muy juntos, los unos de los otros, daban pequeños saltos amortigüados.

Uno de ellos llevaba la voz cantante, profiriendo una letanía de frases ininteligibles en solitario, mientras el resto repetía una melodía monótona, casi como un trance, una y otra vez. A cada golpe de voz, los guerreros sincronizaban un salto con una pequeña convulsión del tronco superior hacia adelante y atrás. De tal manera, que los collares se suspendían en el aire por una milésima de segundo, para acabar cayendo, debido a la gravedad, entrechocando los unos con los otros en el pecho, profiriendo un sonido muy particular.

Posteriormente, los guerreros nos ofreciero otra danza, la de competición. Dispuestos en línea, cada uno y por turno, de adelantaban al resto, y empezaban a saltar. Los veíamos muy erguidos, amortigüando cada salto. Normalmente se contaban por dos o tres saltos, y luego cedían el lugar a otro compañero. “Cuanto más saltes, tanto más serás respetado y reconocido en este poblado y en otros”, nos explicaba William.

Después del folkore más vistoso, llegaba el momento de adentrarnos en la manyatta. Desde em exterior se divisaba una “muralla” redonda, de unos dos metros de altura, hecha básicamente con ramas de arbustos. La mayoría secas, aunque otras todavía tenían hojas verdes. Se me antojó una barrera de protección natural para mantener a los 37 habitantes del poblado, y también a los animales a salvo de las posibles incursiones de animales salvajes.

Este poblado se había fundado, con el cambio de siglo, en el 2000. Después de 18 años de asentamiento, William nos contó que dentro de seis años más abandonarían el lugar. “Nosotros somos nómadas, vamos cambiando de sitio en busca de agua y pasto para nuestras vacas”, recordaba.

La muralla tan solo contaba con una abertura. Ya en el interior, otro cercado, mucho más pequeño, ocupava la plaza central. Era el lugar en donde se guardaban de forma celosa, cada noche, las 320 vacas de que disponían en la manyatta Selel. Esa era la principal fuente de riqueza. Las vacas son lo más importante para la cultura Masai.

“Es por la tradición, son nuestras posesiones, nosotros somos sus dueños. Es como dinero que no es sólido, aunque lo puedes ver. Puedes ir al mercado y vender una vaca para tener dinero, o te pueden dar cosas a cambio del animal”, trataba de explicarnos William. Para ser millonario un Masai debería tener miles de vacas. Normalmente venden vacas para comprar terreno. Hay mucha escasez porque la mayoría está dividido entre las tribus. Con un terreno en propiedad, ya pueden construir una casa para vivir.

Alrededor del cercado, varias casas o chozas se disponían de dorma irregular. Son rectangulares, alargadas y de una altura que no supera los dos metros. A penas una persona puede mantenerde de pie en su interior. Las paredes están hechas de barro y paja, así como también el techo (que es alargado, plano, con una ligera inclinación hacia ambos lados que nace desde el medio, para dejar caer el agua) que solo cuenta con una capa de plástico para aislar el habitáculo de la lluvia.

Lo llamativo no es la pequeña embergadura de las casas, sino que estas solo pueden ser construidas por las mujeres. “Los hombres tenemos prohibido construir las casas según nuestra tradición. Una mujer tarda en construir una en 21 días”, nos contaba nuestro cicerón sin percatarse que nos habíamos quedado atónitos.

En el interior, todo era oscuridad. Tuvimos que agachar la cabeza para entrar por el diminuto acceso. Con los ojos poco a poco acostumbrándose a la penumbra, empezamos a percatarnos de la distribución de la vivienda (gracias a las explicaciones de William). “Esto es ébano, es el pilar que sostiene la casa, es lo más importante”, golpeaba con fuerza el alargado tronco de madera. Cada casa tiene uno, y a veces, cuando cambian de asentamiento, cargan con él.

La casa constaba de cuatro espacios. Una habitáculo minúsculo, en la parte de atrás, para los terneros, la cocina/salón de estar, dos habitaciones de menos de un metro cuadrado para los niños, y otra más grande para los papás, separada por una cortina, para tener mayor privacidad. En las habitaciones no había más que una piel de vaca que hacía las veces de colchón, ninguna otra pertenencia. En total, en aquella cabaña vivían 15 personas.

En el espacio central, como digo, había la cocina. Cuatro piedras dispuestas en círculo en donde se cocinaba, eminentemente carne, a fuego. No en vano el techo estaba recubierto por carbonilla en su totalidad. “Tenemos pocas ventanas pequeñas, las utilizamos para iluminar durante el día, para tener buena ventilación y para defendernos de ataques”, recalcaba el joven guerrero Masai.

Un poco más allá, una estantería con cuatro palanganas y cubos de plástico, y también algunos vasos. También un enganche del que colgaba un candil de petróleo, que utilizaban a la caída del sol. La dieta era básicamente carne de vaca, cabra y oveja, y algunos vegetales que las mujeres iban a comprar al mercado de la ciudad más cercana. La carne de animal salvaje como gacelas o antílopes está prohibida.

Colgada de la pared de salida, pendía una calabaza alargada, con un tapón y una tira de cuero a modo de asidero. “Aquí es donde mezclamos la leche con la sangre de la vaca, nos hace ser más fuertes, un solo guerrero puede matar a un león, uno solo”, se jactaba el chico. En la calabaza cabían dos litros de líquido, más o menos.

Se necesitan tres hombres para obtener la sangre de una vaca. Muy temprano, cuando la vaca se encuentra distraída, uno de ellos le coge por los cuernos, otro le inmoviliza enérgicamente una pata, y el tercero le efectúa una pequeña incisión en la yugular. Cuando ya se ha recogido suficiente sangre, se presiona la herida durante unos cinco minutos, y se deja en paz al animal. Normalmente se hace una vez por semana, o cuando hay alguna celebración.

Antes de salir del diminuto y claustrofóbico habitáculo, William nos explicaba que si un hombre tenía varias esposas, entonces cada una de ellas debía construir una casa. Cada noche, el hombre podía decidir ir a dormir con una esposa diferente, en una cabaña diferente. “Yo solo tengo una mujer, he ido a la escuela y ahora sé más, quiero que mis hijos estén bien cuidados, puede haber una gran sequía y que se mueran todas las vacas”, razonaba William.

En el exterior y con las últimas luces del día, los hombres se preparaban para hacer fuego. Un corrillo de pie envolvía a tres hombres arrodillados. Uno sostenía la espada Masai que hacía de base. Sobre ella, un trozo de “olivo” (madera suave) a la que se le había hecho un pequeño orificio. Este era sostenido por otro. Y un tercero hacía friccionar, con las palmas de las manos, un palo alargado y fino de acacia (madera más dura) sobre el orificio de olivo. Al cabo de un par de minutos, y de varios relevos, diminutas astillas incandescentes estallaban en llamas, después de ser trasladadas a un puñado de hierba seca.

“Solo los hombres pueden hacer fuego, cada día, a las seis de la mañana y a las siete de la noche, luego las mujeres se encargan de trasladar el fuego a las cocinas de las casas”, relataba William.

Nuestro tiempo en la manyatta terminó con una visita al mercado de collares, pulseras y otros souvenirs hechos, presuntamente, por las mujeres. Dispuesto en un gran terreno, varios puestos hechos con ramas grandes de acacia mostraban al turista la artesanía local. Máscaras de animales de madera, posa vasos hechos con cuentas, cajitas, bastones, escudos hechos con piel de vaca, etc. Cada puesto era de una mujer, y el visitante podía escoger lo que más le gustara.

Al final, con todos los productos, se valoró un precio, y empezaba la negociación. Aunque poca puede haber, ya que recuerdan a cada poco que parte del dinero va para la escuela local. Escuela que, por otro lado, no visitamos aunque nos consta que en otras manyattas sí las hay.

Al abandonar la manyatta los sentimientos eran contrarios. Mi fascinación por una cultura orgullosa que da carácter tanto al Masai Mara como al Serengeti (Tanzania) queda un tanto ensombrecida por la sumisión total a la que quedan reducida las mujeres, y por una paulatina degeneración de su tradicional modo de vida, como consecuencia del contacto constante con los turistas.

Un ejemplo, ahora era habitual ver en las muñecas de los Masai relojes digitales, o escucharlos hablar por teléfono móvil. “Antes nos comunicábamos mediante el sonido que emite un cuerno al ser soplado, así los otros poblados sabían si celebrábamos una ceremonia o si había algún peligro, ahora llamamos por teléfono”, remarcaba el joven guerrero.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: