Viaje al Sur

Diez días, un coche, carretera y el Sur. Por delante: Madrid, Sevilla, Doñana, Cádiz, Conil, Tarifa y Granada.

Madrid, viejos amigos

De Barcelona a Madrid en coche para dar un paseo por las calles de mi recuerdo. Gran Vía, el Paseo del Prado, el Retiro, la Latina. Encuentro con un viejo amigo y de nuevo a la carretera, rumbo a Sevilla. La calle San Roque nos acoge. Tomando la calle San Eloy, las tiendas de calle Rioja nos abren sus puertas. Mantillas, vestidos flamencos, castañuelas, trajes de caballero a medida, pero también las boutiques más comerciales y de diseño propias de grandes capitales. En la calle Sierpes, nos espera la confitería La Campana con un helado y una pieza de chocolate. Cena con viento y sensación de frescor en la plaza de Las Setas, o de la Encarnación.

Paseo nocturno a los pies de la catedral de Sevilla, la tercera más grande del mundo, justo por detrás de la de San Pedro, en el Vaticano, y la de Sant Paul, en Londres, por tan solo 30 metros de menos. Al día siguiente, paseo por el barrio de Triana, a la orilla del Guadalquivir y descanso en la Torre del Oro. El calor aprieta en el banco dedicado a la provincia de Barcelona, en la monumental plaza de Sevilla, así que nos resguardamos en la terraza de la taberna Góngora, tomando un salmorejo y un amartillado.

Cervantes denunciado

El atardecer deja paso al embrujo sevillano y las confidencias. La plaza del Triunfo, desde la que se atisba la catedral, el alcázar y la casa de contrataciones (por donde pasaba todo el comercio con las Índias). La Giralda, sobre la torre más alta del templo. O la estatua de un joven Miguel de Cervantes, recaudador de impuestos en Sevilla, que acabó con sus huesos en la cárcel durante unos días por robar. Una anécdota de la que la ciudad guarda la denuncia original en un legajo.

Tras las huellas del lince

El despertador suena a las 06h, la calle San Roque duerme y el fresco de la mañana contrasta con una noche en blanco por el calor. El traqueteo de las maletas nos persigue como una estela. El motor del coche arranca en el aparcamiento del paseo de Colón. Mientras el lince apura sus últimos minutos de actividad nocturna en Doñana. Una hora más tarde, la esfera solar se eleva en el cielo, dejando atrás el cielo perezoso del alba para abrir un nuevo día en el parque.

José Antonio nos recibe con una sonrisa detrás de la mascarilla. Sobre el Jeep, se afana por explicarnos la flora y la fauna. La sequía persistente desde el mes de marzo hace difícil distinguir las zonas de coto o bosque típicamente mediterráneo, de las dunas, o de las marismas. Aún así, Doñana atesora una gran variedad de animales. La mayoría aves. Muchas de ella migratorias. Aunque, por encima de todo, los pinares, alcornoques y lentisco esparcidos esconden bajo su espesa y enmarañada vegetación al lince ibérico, el felino más amenazado del planeta. En la actualidad la cifra de linces ronda los 1.000 ejemplares. Una especia tan amenazada como esquiva. Tras cuatro horas de búsqueda esperanzada lo único que vimos de ellos fueron una pisadas frescas impresas sobre la arena húmeda.

El tsunami que asoló Cádiz

Los últimos rayos de sol bañan el agua del Atlántico de la Caleta, en Cádiz. Los tonos rojizos y violetas se funden con el amarillo intenso del sol del ocaso. El Faro y su menú «Cádiz al cuadrado», reclama nuestra atención. No en vano pretendemos celebrar mis 37 primaveras. A fe mía que lo hacemos. Papas «aliñás», erizo de mar, atún rojo salvaje de Almadraba en tomate, tortilla de camarones y lomo de lubina de estero tostado, son algunas de las exquisiteces que nos llevamos a la boca.

Al día siguiente desayunamos tostadas con tomate aceite y jamón serrano en una tasca en la Plazuela del Carbón. En el tour guiado, Jose nos pregunta si la aquitectura de Cádiz nos recuerda a otra ciudad. Y yo automáticamente pienso en La Havana, sin haber pisado la isla. El mismo arquitecto que hizo el Malecón allende el océano, construyó otro a menor escala en la «tacita de plata». De Cádiz se puede decir que tiene mucha historia, más de 3.000 años. Los fenicios primero, y los romanos después. Tierra de lances. Buena muestra son cañones franceses ganados en batalla que los gaditanos colocarom en las esquinas de las calles más angostas para evitar los desperfectos al paso de los carros tirados por caballos. Del terremoto de Lisboa de 1755 y del Tsunami que anegó buena parte del barrio de la Viña de Cádiz da buen testimonio la marca que señala hasta donde llegó el agua en la calle Virgen de las Penas. El paseo a través de calles estrechas, largas y laberínticas nos deja justo en la plaza de los dos ficus centenarios (o milenarios, como les gusta decir a los gaditanos), en la glorieta Carlos Cano.

Casa Manteca, sin palabras

Comer en Casa Manteca, una taberna con solera y en cuyas paredes no cabe un cuadro más, es toda una liturgia. Lo primero es impacientarse al ver la larga cola de personas que esperan su turno para sentarse a la mesa. Luego hay que asegurarse de pedir turno, si se logra parar a uno de sus camareros que se mueven a la velocidad de la luz. Una vez cerciorado de que mi nombre quedaba bien plasmado en una libreta escrito a mano, queda esperar pensando en la comanda. Chicharrones especiales, ensalada de tomate con ventresca, butifarra, mojama, queso viejo, longaniza… Hasta que por fin llega el momento en que gritan tu nombre. Entonces la cosa está hecha. Pedir un botellín de cerveza bien frío y esperar a que te traigan la comida. Mientras degustas los manjares, el personal ágil y experimentado va dando mesas a los nuevos comensalesy sirviendo con diligencia. En frente se sitúa la ampliación del Manteca, especializado en frituras, del que también uno puede deleitarse con sus tapas y raciones. La guinda del pastel viene con la nota. Cuando uno comprueba con satisfacción que el buen comer no está reñido con lo económico.

Barbate, un atún para llorar de alegría

Hablar de Vejer de la Frontera, es hablar de uno de los pueblos blancos más concidos de la sierra de Cádiz y uno de los más bonitos de España. Situado en lo alto de una peña, a casi 200 metros por encima del mar, sus calles empedradas, laberínticas y paredes encaladas le otorgan un encanto propio, a espaldas del mar. Una villa que cuenta con la icónica instantánea del arco de las monjas y que está repleta de tiendas de vestidos de verano y complementos que hacen imposible no traspasar sus dinteles y llevarse uno o varios souvenirs. El desayuno en la Plaza de España queda amenizado con el borboteo de los chorros de agua de una fuente que recuerda al estilo de la plaza que lleva el mismo nombre en Sevilla.

De Vejer a Barbate, pueblo pescador, el paisaje queda pintado por los pinos piñeros del Parque Natural de La Breña, con el inmenso azul que se cuela siempre por algún ángulo de la estrecha carretera. La Peña del Atún no pasa desapercibido. No tanto por destacar en el paisaje urbano, que no lo hace. Ya que se trata de un edificio de una sola planta encalado, blanco, con baldosas marrones en la parte inferior, un toldo donde se anuncia, y un cartel que reza «Club de Pesca Deportiva El Atún». Lo que rápidamente llama la atención es el enjambre de personas que esperan fuera, impacientes. Imposible pretender sentarse en una mesa sin antes haber reservado. Ahora bien, todas estas formalidades burocráticas se transforman en minucias cuando a uno le sirven: tartar de descargamento de atún rojo de Almadraba, daditos de atún rojo marinados sobre base de alga wakame, barriga de atún rojo, y tacos barbateños, también de atún. La experiencia es religiosa.

Las playas de Cádiz

Las vacas retintas, de color marrón, blanco con manchas marrones pastan tranquilas en los campos de hierba seca, entre el tendido eléctrico, los modernos molinos de viento blancos, y el azul del océano. La carretea serpentea siguiendo la arena. Las playas del sur son quilométricas, anchas y de aguas cristalinas. El viento forma olas que son muy apreciadas por surfistas, y amantes del kitesurf y del windsurf. Y por cierto, la temperatura del Atlántico es más bien fresquita, unos 21 grados centígrados. En Chiclana se puede disfrutar de la Barrosa. En Vejer de la Frontera, de la del Palmar. Las sombras de dos botellines de cerveza El Águila (sin filtrar) se alargan sobre la mesa de madera del chiringuito El Pico de la Ola, mientras el sol cae sobre el mar, y la música en directo pone la banda sonora de un momento efímero. Más en dirección hacia Tarifa, la famosa de Zahara de los Atunes. Y más adelante, playa Bolonia, con su característica duna salpicada del verde del lentisco, en uno de sus extremos.

Tarifa, el reino del viento

Una inmensa bola amarilla desciende y a su alrededor vivas tonalidades anaranjadas y rojizas bañan la arena y el mar de Tarifa, mientras las aspas de los molinos de viento no dejan de girar, en un pequeño promontorio, al fondo. Al casco antiguo se accede por la puerta de Jerez. Callecillas estrechas, casas con paredes encaladas blancas, maceteros vistosos, puertas de estílo mozárabe, y plazuelas con bares y restaurantes. El ambiente bullicioso recuerda a los tiempos sin pandemia, un espejismo que solo se rompe cuando nos percatamos de las mascarillas, hoy en día omnipresentes, aunque no tanto como sería necesario. La Pescadería es una magnífica opción para conciliarse con la buena gastronomía y un precio razonable. El arroz con rape y langostinos para dos personas lo presentan en una cazuela humeante de la que bien podrían comer cuatro personas. La ventresca sobre pimientos del piquillo es un entrante más que suficiente para tal festín.

Para desayunar, nada mejor que hacerlo en tarifeño y concurrido bar El Grifo. Café con leche en vaso, zumo de naranja y tostada completa, para un día de playa. La isla de las Palomas es el punto más meridional de la Europa continental, con su faro iluminando el camino a los barcos que cruzan el Estrecho durante la noche. Este pedazo de tierra marca la línea divisoria entre el mar Mediterráneo y el océano Atlántico. Al abrigo de dos espigones, la playa Chica bañada por el primero de los grandes azules, es la mejor opción para los días en que sopla de Poniente. El agua transparente, es una balsa de aceite comparada con la fuerza de las olas de las playas atlánticas. Muy cerquita, al otro lado, la larguísima playa Lances, señala el camino hacia la de Valdevaqueros, cuyo cielo cada día lo decoran decenas de cometas alzados al vuelo, pintados de mil colores. Tarifa es el reino del viento. Decenas de furgonetas customizadas o de autocaravanas cargadas con tablas, velas y cometas de kitesurf y windsurf echan el ancla casi sobre la arena. Algunos practican en tierra firme, intentando dominar su cometa y el ímpetu del viento. Otros, más avezados, entran en el agua con decisión. Al poco surcan la superficie del mar con rapidez. Incluso algunos se permiten regalar a los espectadores accidentales que estamos tumbados sobre nuestras toallas alguna pirueta aérea.

Granada y May

A 14 kilómetros, justo enfrente, a pesar de la bruma del mar, se logra avistar perfectamente la silueta de la accidentada costa marroquí. El Paso del Estrecho se deja ver en su magnificencia desde la carretera, de camino a Granada, que no es puro Sur, pero es Granada. Allí, desde el Realejo, y siempre con su desparpajo y buen corazón, May representa una vez más para nosotros su delicioso papel de cicerone. Nada más y nada menos que la Alhambra, o «La Roja», como bautizaron durante la dominación árabe, se presta a ser testigo mudo de nuestros pinitos bailando swing. La noche cae en el Paseo de los Tristes, y las tapas granadinas se convierten en un mandamiento al que estamos obligados guardar. Al igual que dejarse caer por la heladería de los Italianos. ¡Viva la cassata!

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