LA COVID19, MI MUJER Y YO

Arsenal de medicamentos y tests de antígenos durante la convalecencia.

Viernes 28: Contagio y fiebre

A primera hora cancelo la cita para ponerme la tercera dosis ese mismo día. Intuyo que puedo estar contagiado o que soy contacto estrecho de uno o más positivos. Sobre las 16.30h mi mujer Esther me envía un mensaje de Whatsapp anunciándome que está a 38,1°C y me adjunta una fotografía con un test positivo en covid19. Más tarde en casa y metida en la cama, me dice que le duele mucho la cabeza. Sigue con fiebre. Sube hasta 38,4°C. Toma un paracetamol de 1 gramo. Yo, con doble mascarilla le aplico paños húmedos para bajarle la temperatura. Me lavo las manos contantemente. Me preparo la cama en la habitación de invitados. Le baja la temperatura a 37,1°C.  Pasa la noche más o menos bien.

Sábado 29: Primer día y mocos

Esther se levanta con febrícula, 36,7°C. Tiene el cuerpo muy dolorido. Dice que está peor que cuando tenía fiebre. Puede comer y beber con relativa normalidad. Siente un ligero carraspeo en la garganta. Sigue con el paracetamol, cada 8 horas. También toma Tantum Verde, unas pastillas con bencidamina e hidrocloruro. A pesar del malestar, el día lo pasa en el sofá, tumbada. Yo me hago un test de antígenos rápido y doy negativo. Caída la noche Esther empieza a tener mocos. No utilizamos mascarilla ninguno de los dos, comemos y cenamos separados y ventilamos. Volvemos a dormir separados.

Domingo 30: Más mocos y algo de tos

Esther hace más de 24 horas que no tiene fiebre. Se siente muy decaída, pero un poco mejor que el día anterior. Aunque los mucosidad ha aumentado exponencialmente. No para de utilizar pañuelos y le empiezan a salir heridas en el interior de las fosas nasales. Continúa con las pastillas para la garganta pero come y bebe con bastante normalidad aunque poca cantidad. Llegada la noche empieza a toser puntualmente. Me pongo una mascarilla FFP2 cuando estoy en el salón con ella viendo la tele. Mantenemos las distancias, ventilamos y volvemos a dormir separados.

Lunes 31: Continúan los mocos

Toca trabajar desde casa. No tengo síntomas. Aún así me hago un test de antígenos y vuelvo a dar negativo. Paso gran parte del día en el despacho, separado de Esther. Ella continúa con mucha mucosidad y gastando pañuelos a mansalva. Tose de forma muy esporádica. No tiene ganas de moverse. Se nota muy cansada, como el resto de días anteriores. Volvemos a mantener las distancias, ventilamos, pero no usamos mascarilla. Volvemos a dormir separados.

Martes 1 de Febrero: Yo continúo sin síntomas

Vuelvo a amanecer sin síntomas. Sigo haciendo tele trabajo. Esther continúa teniendo mucosidad, pero su necesidad de pañuelos ha caído bastante. Tose sólo de forma esporádica. Tan solo un tosido sobrevenido. Volvemos a mantener las distancias, no usamos mascarilla. Es hora de dormir y noto una ligera molestia en la garganta. Como una presencia extraña, que no debería estar ahí, pero que no representa ningún tipo de dolor a la hora de tragar. Volvemos a dormir separados. Paso la noche intranquilo, me cuesta conciliar el sueño. Y la minúscula molestia en la garganta permanece.

Miércoles 2 de febrero: Segundo contagio

Me levanto con malestar. Un intenso pero soportable dolor de cabeza y también con dolor articular. No tengo fiebre pero casi. El termómetro marca 36,9 °C. Me hago un test de antígenos. Doy negativo. Pero no me encuentro bien, de eso estoy seguro. Llamo al ambulatorio. Voy de urgencias esa misma mañana. Un sanitario ataviado con epi, mascarillas, escudo facial, gafas protectoras y guantes me repite la prueba. En tanto esto, me toma la temperatura: 37,1 °C y me mide la saturación de oxígeno en sangre: normal. En el test se marca la segunda rayita, pero muy flojo. Soy positivo en covid cinco días después que lo fuera mi mujer. Cada vez me siento peor. Flojera generalizada. Me cuesta mantener los ojos abiertos. Paso por la farmacia para comprar la medicación que me han recetado: Paracetamol con codeína. No tienen. Me conformo con el paracetamol de mi mujer. Vuelvo a casa. Tramito la baja. Me paso el día en la cama. Solo me levanto para comer algo. Al atardecer me sube algo la fiebre. Esther, que todavía tiene algo de mocos, me aplica unos paños húmedos. Volvemos a dormir separados. Paso la noche más o menos bien.

Jueves 3 de febrero: Empieza el dolor de garganta

Me levanto más o menos bien, aunque con un poco de temperatura. Me tomo un paracetamol. No tengo ganas de estar erguido y me paso largos ratos tumbado en la cama intentando descansar con la luz apagada. Aparentemente no tengo fiebre ni mucosidad. Esther continúa mejorando, aunque continúa con un poco de mocos. Cuando cae la noche, noto que el carraspeo en la garganta vuelve con fuerza. A pesar de que puedo cenar con normalidad, paso una muy mala noche porque siento un intenso dolor cada vez que trago saliva. Me doy cuenta que el paracetamol no me ayuda. Duermo solo de nuevo. Más que por evitar el contagio, para no molestar a Esther.

Viernes 4 de febrero: El dolor de garganta se acentúa

Me levanto con un intenso dolor de garganta. A cada pocos segundos, noto como ese conducto se llena de flema. Tengo la imperiosa necesidad de evacuarla tragando saliva. Así que vuelta a empezar con el dolor de garganta. Le pido a Esther que llame al ambulatorio de nuevo. Me piden que vaya para que me visiten en urgencias. Allí me confirman que tengo una gran inflamación en la garganta y descartan que sea algo bacteriano. Así que nada de antibióticos. Me recetan un comprimido al día de Prednisona Tarbis (cortisona) para la inflamación y tres comprimidos, uno cada 8 horas, de Ibuprofeno, además de Acetilcisteína, una vez al día, para la mucosidad. Sin duda ha sido el peor día de convalecencia en cuanto a síntomas. Me aclaro la garganta continuamente. Trago saliva y el dolor era de una gran intensidad. Al poco de meterme en la cama, empiezo a sentir la necesidad de toser. Cada vez que lo hago siento como arrastro los mocos que luego trago y, de nuevo, vuelvo anotar el dolor intenso. No puedo beber agua, ni siquiera caldo. La sensación es como si encendiera fuego en mi laringe. Cada vez con más frecuencia estallo en ataques de tos sonora (es decir que va cargada de moco procedente del pecho). Sobre todo de cara a la noche, los viajes al baño para esputar los hago más a menudo. Pero a diferencia de otros resfriados convencionales, el moco verde no es espeso sino muy líquido. A última hora y con mucho esfuerzo tolero comer un yogur. Gracias a la medicación logro pasar la noche sin demasiadas complicaciones. Esther parece casi recuperada del todo. Las únicas reminiscencias de haber pasado el virus es que de vez en cuando se suena los mocos.

Sábado 5 de febrero: Dolor de garganta y esputos

Me levanto con un intenso dolor de garganta, aunque quizá no tan intenso como la noche anterior. Me tomo la medicación. Y pasada una hora, tolero de nuevo un yogurt. Estando erguido, tengo ataques de tos. Mi mañana se convierte en un ir y venir del salón al baño para deshacerme de los esputos líquidos y verdosos. Lo hago entre fuertes tosidos que consiguen hacerme vomitar parte del yogurt. Continúa tosiendo con gran frecuencia. Después de cada ataque repentino de tos, noto un picor que va de menos a mas en la zona de la laringe. Es como si una mano invisible pasara durante unos segundos rozando mi garganta. Ahora presto atención un nuevo síntoma que no se había manifestado de forma tan evidente como hasta ahora. Una ligera “agüilla” que resbala escurridiza por mis fosas nasales. No se trata de una gran congestión, como en otros resfriados. Más bien responde a una irritante necesidad de usar el pañuelo para no sentir que se “me cae la vela”.  Pasan las horas y compruebo como tumbado toso menos, y el escozor disminuye mucho. Con el paso de las horas, noto una extrema sequedad que intensifica el dolor de garganta en momentos determinados. Pero por lo menos ya tolero el agua y algunos alimentos. Volvemos a dormir separados.

Domingo 6 de febrero: Empieza la tos persistente

Paso la noche en una especia de duermevela. No noto dolor, pero si un abotargamiento que me imposibilita conciliar el sueño profundo. Algo que sí había podido hacer días atrás. A la hora de despertarme, me incorporarme y empiezo a toser de forma compulsiva. Toso durante una hora sin parar hasta que por fin consigo dormir unas horas. A lo largo del día la tos se vuelve constante a ratos. Como una cadencia. Noto que arranca desde el pecho. No tengo dolor de garganta, afortunadamente, pero el abotargamiento y el cansancio han tomado el protagonismo. Además de la tos molesta. Mi mujer ya está recuperada del todo. Aún así dormimos separados. No quiero molestar a Esther con mi tos.

Test de antígenos positivo en el séptimo día de convalecencia.

Lunes 7 de febrero:

Continuo con tos agarrada al pecho, pero es algo más esporádica que en el día anterior. La mucosidad se mantiene a raya, pero se hace presente tanto en garganta como en la nariz. Siento un leve mareo, pero no sé si es debido a los últimos coletazos de la infección o a la cortisona.

Martes 8 de febrero: Todavía positivo y alta

He vuelto a dar positivo en covid. Este vez la rayita sobre el reactivo del test de antígenos se ve bien marcada. Continúa la tos esporádica y la sensación de pecho cargado de mucosidad. El leve mareo persiste. Considero que puedo teletrabajar y pido el alta médica a condición, -por parte de mi médico de cabecera-, de que me quede tres días más confinado. A partir del décimo día, no hará falta que me realice un nuevo test, y ya podré salir a la calle.

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